La regla es simple: primero bajan los que están adentro y después suben los del andén.
Si uno piensa un poco en este axioma del transporte sobre rieles advierte que es perfecto. Salvo por el temor de que las puertas cierren abruptamente y uno se quede afuera, unos minutos esperando la otra formación, no parece que existan motivos importantes por los cuales la gente no aplique esta simple y efectiva regla.
El punto está en que estamos en Buenos Aires y la cantidad de porteños que usan los medios de transporte hace que éstos sean más deficientes de lo que son por motivos presupuestarios y metapasajeriles.
No hay un solo día que viaje en tren o subte y me cruce con uno de esos seres que intentan ascender al vagón antes que nadie descienda desafiando las mismísimas leyes de la física.
Lo curioso es que la gente de la Capital Federal usa y sufre estos medios de transporte todos los días y, sin embargo, no aprenden lo mínimo indispensable para que la cosa funcione mejor. ¿Cosa de Mandinga?
La vida urbana, en cierto punto, aliena a las personas y las convierte en seres más rústicos, en autómatas. Eso le ha pasado al porteño. Se convirtió en un ser rústico, de criterios simples y comportamientos instintivos. El problema está en que a ellos les otorgamos el poder político y económico del país. ¿Cosa de Mandinga?

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